01 mayo 2017

"Patria", novela de Fernando Aramburu


Tanta información nos avasalla. Quizá confundimos enseñar con informar. Quizá confundimos saber con estar informados.
Reconozco que a lo largo de mi vida he recibido por los medios de comunicación mucha información, aunque seguro que no toda, sobre el terrorismo de ETA. Seguro también que hay historiadores que han desmenuzado las actividades terroristas de esta organización y las realizadas por la policía y la Guardia Civil en su lucha contra ella. Además, por si nos falla la memoria, tenemos las hemerotecas a nuestra disposición. También las sucesivas declaraciones de los políticos de distinto signo a lo largo del tiempo.
Sin embargo, más allá de los hechos, de los atentados, de las detenciones, de las infiltraciones, de las facciones, de las declaraciones y, en general, de todas las actividades terroristas de ETA y sus réplicas, siempre sentí otro tipo de curiosidad.
Me preguntaba cómo se encastra en una comunidad una organización terrorista. Qué es lo que pueden sentir sus ciudadanos cuando viven esta situación individualmente pero, al tiempo, en sus familias, en sus lugares de reunión, en la sociedad  de sus pueblos, de sus ciudades.
Algunas veces, a lo largo de estos años, he tropezado con vascos e he intentado que me explicaran la cuestión. No sé si desconfiados o incrédulos, me contestaban con ironía que ya la sabía, que los periódicos no hablaban de otra cosa, que qué me iban a contar ellos. Pero ni yo podía saber lo que sabían ellos, ni ellos dar por sentado que en resto del país se vivía internamente su misma situación.
Apenas hace un par de meses, picado por esa curiosidad que seguía insatisfecha, me hice con la novela “Patria” de Fernando Aramburu.
Tuvo que ser una novela, un relato ficticio, una creación literaria, la que me diera una solución creíble y coherente a mis incógnitas. Tras leerla alcancé a entender ese ambiente que tan ajeno me era. Fue como una contestación global a mis preguntas. Quedé satisfecho porque una narración me desveló lo que muchos artículos e informaciones concretas no consiguieron aclararme durante tantos años.
Luego, he pensado que las personas que han vivido en el País Vasco durante todos esos años, quizá tuvieran muchas más cosas que añadir, porque las vivencias personales nunca se ajustan a un libro por bueno que éste pueda parecer. Pero, en cualquier caso, ahí tienen el ejemplo de Fernando Aramburu. La literatura no es de nadie y cada cual puede exponer sus vivencias con igual o mayor talento que este autor.
A veces la literatura puede dar soluciones a cuestiones que los hechos reales, con toda su crudeza, no revelan.

28 abril 2017

Visita a San Salvador de Cantamuda


Los dos niños, de siete y nueve años, preguntan a la mujer y al hombre si se saben la historia.
No se la saben.
-Casi nadie se la sabe –dice el pequeño.
-Si queréis, os la contamos –dice el mayor.
-Y os enseñamos un oso y la cara del que hizo la iglesia –dice el pequeño.
Siguen a la pareja que, ansiosos, quieren dar la vuelta al edificio y tomar fotografías. Ella les hace caso, pero él no para de fisgar las piedras, ajeno a los niños, como si le faltase tiempo para verlas o como si pudieran escaparse, en un descuido, del ojo de la cámara.
-¿Has visto la cara del que hizo la iglesia? –dicen los dos niños a coro.
-No.
-Pues está ahí, en esa ventana –dice el mayor.
-Pero hay otra por detrás –apostilla el menor- y la puso para que todos supieran quién había hecho la iglesia. Aunque, ya veréis, era un poco feo.
Giran por delante de la espadaña y comienzan a observar el otro lateral. Hay una escalera de piedra que da acceso a una torre cilíndrica con una puerta cerrada. Los niños les siguen.
-¿A que no ves al oso?
-Sí, está ahí.
-¡Qué va, hombre, eso es un jabalí! Tienes que mirar a la esquina de arriba del todo.
El hombre obedece y, por fin, localiza al oso.
-Lo ves, si no te lo decimos te lo habías perdido.
El hombre y la mujer siguen dando la vuelta a la iglesia y, tras el ábside, dan con un cementerio. Los chicos detrás, sin quitarles ojo.
La mujer les pregunta entonces por la historia.
-Es que vais muy deprisa y así no se puede contar ninguna historia –dice el niño mayor.
-Bueno, pues nos paramos y nos la contáis –le contesta la mujer sonriendo y haciendo un gesto amable al hombre.
Se recuestan los dos adultos en el pasamanos que rodea la iglesia, en la esquina donde se junta con el muro del camposanto. Los niños se empeñan en subirse de pie a la barbacana y el mayor, más ágil, lo consigue. El hombre ayuda a subirse al pequeño. Repara, de repente, en que los niños son una aparición y que las piedras no van a evaporarse.
-Bueno, a ver esa historia –dice la mujer.
El mayor de los chicos comienza la narración.
-Esto era un conde que se llamaba Munio.
-Yo creo que se llamaba Nuño –puntualiza el pequeño- pero, bueno.
-El caso es que el conde, que era muy viejo, lo menos de sesenta años o así, se enamoró de una chica muy guapa pero que tenía veinte. Pero, como le gustaba tanto, se casó con ella.
-No, el conde era muy viejo –vuelve a puntualizar el pequeño- pero sólo tenía cuarenta o casi cincuenta.
-No, no, de eso nada, tenía por lo menos sesenta –impone el mayor su autoridad en la materia- Y, claro, pues no tenían hijos porque él era muy viejo y, y…bueno, que no podía ser. Y entonces el conde le echó la culpa a ella y empezó a mirarla mal y a regañar con ella muchas veces y a darle voces y todo eso.
-Y, además, le entraron celos también –añade el pequeño- porque ella era muy guapa y él muy viejo, aunque cazara muchos osos y otros animales carnívoros.
-Bueno, el caso es que un día se enfadó mucho el conde porque no tenían hijos y eso. Y la noche de ese día se enfadó aún más, porque había bebido mucho vino, y la echó de su castillo que estaba por ahí muy arriba en el pico de una montaña. Y sólo dejó que una sirvienta la acompañase en la bajada de la montaña con un caballo.
El pequeño no está de acuerdo, así que añade:
-Sí, pero la sirvienta, además, era muda y no le dejó un caballo, le dejó una burra vieja que, encima, estaba muy coja.
-Bueno, es verdad –dice el mayor- Se conoce que el conde quería que en aquella noche tan oscura, al bajar del castillo, cruzando por los precipicios, se despeñaran las dos con la burra y se mataran.
-Sí, pero además aquella noche –dice el pequeño como si lo hubiera visto- había mucha tormenta, con rayos blancos y mucha lluvia. Y el conde lo hizo aposta, del enfado que tenía, para que se escurrieran y se cayeran a un barranco muy hondo y se las comieran los lobos.
-Sí, es verdad, también lo de la tormenta –vuelve el mayor al relato, algo chinchado por el pequeño- Pero, por suerte o por lo que fuera, no les pasó nada y llegaron al pueblo sanas y salvas con la burra.
-Sí, pero es que, además, al llegar al pueblo la muda comenzó a cantar muchas canciones y todos dijeron que era un milagro verdadero –añade el pequeño.
-Claro, ya lo iba a decir yo, pero es que no me dejas terminar. Y por eso a la iglesia le pusieron el nombre ese tan raro de San Salvador de Cantamuda.
Parece que el pequeño ya no tiene nada que añadir. El mayor le mira un poco retador, como diciendo: A ver ahora qué se te ocurre, chinche.
Y el pequeño cavila un poco y dice:
-Sí, pero la burra se quedó coja, la pobre.

26 abril 2017

3.- Leyenda de las Liliths


María Vanesa de las Mercedes recapituló.
-O sea, que crearon a la mujer independiente e independientemente. Crearon a esa tal Lilith, que dices que se llamaba, y, luego, totalmente arrepentidos, otra que se suponía desalojada del costillar del hombre, la tal Eva. Vamos, una dependiente fraguada desde su origen, un apéndice la pobre, una subordinada nata, un pegote del hombre, un pispajo torácico, una arrimada, una sosa apegada, como una tonta, al pecho que la vio nacer. Vamos, los corruptos haciendo leyes de transparencia. Talmente lo mismo. Y luego decimos de la mujer musulmana, si es que sois todos iguales.
Y su amigo Paco se lo volvió a explicar, tratando de que la Vane no se pusiera de manos:
-No señor, lo que pasa es que la Lilith, la mujer original, les salió mal. O sea, que físicamente les salió muy bien, entiéndeme, que era una real hembra,  pero, mentalmente, era independiente la jodía. En consecuencia: fracaso total.
La Lilith parece ser que iba a su aire, cosa que hacía también Adán  sin que nadie le llamara al orden. Pero como tanta libertad no convenía porque, a saber, ¿para qué sirve la libertad? Pues para discrepar, para ser distintos, para romper la uniformidad, para evitar la ortodoxia, para no seguir el mismo camino, para mear fuera del tiesto y para muchas otras cosas que, en términos religiosos, eran pecado y, en términos sociales, eran delito, pues la creación de la Lilith fue un fracaso. Ni más ni menos.
Si para pecar y delinquir ya estaba el hombre, sólo faltaba que le animara una mujer tan independiente como él que, encima, pecara y delinquiera a su aire o, en el mejor de los casos, le diera ideas. Pues no. Se ve que la libertad no convenía y bueno, puestos a darla, se la dieron al hombre, pero así, a dedo, como a los contratistas. Hala, majo, que, aunque seas un incontrolado, va en tu naturaleza. Y los tíos tan pichis, todos campando por ahí como primos de Dios.
Las Evas a cuidarlos y a mantenerlos en el redil de la creación ordenada, de lo moralmente viable, de lo éticamente sostenible, de atraerlos al redil del arrepentimiento y del perdón. Vamos un equilibrio, una obra de arte de la ingeniería social.
En consecuencia, de la Lilith nunca más se supo, que para eso era una tía independiente y que no se prestaba a componendas. Hala, castigada al anonimato bíblico. Pero a la Eva, pobrecilla, todas las desgracias se las endilgaron. Que si, encima, fue la que engañó a Adán, con lo de la manzana digo, que la pobre no tenía más alcances ni mucho donde elegir. Pero, vamos, que si miramos, a partir de ahí, a las descendientes de la Eva les cargaron con todo. Principalmente con la cosa de la misma descendencia y la vida hogareña. Qué coñazo. Y, fíjate, que con esta última expresión de tedio, tristemente sexista, ya se referían a Eva. Cuidado que lo tenían claro.
En cambio de la Lilith nunca más se supo. Esa no interesaba, era un mal ejemplo. Y todo por qué, porque hacía, por lo visto, lo que le daba la gana. Ni madre, ni mujer hogareña, ni paridora de hatajos de hijos, ni compañera, ni administradora, ni cómplice, ni acogedora, ni laboriosa, ni leches. Una tía independiente que iba por ahí desafiando a los hombres y tocándoles los mismísimos códigos éticos y sociales. Una holgazana, una burladora, una vividora y una tirada que, sin apego a los hombres -salvo algún ratillo entretenido- se lo montaba de puta madre (teniendo siempre fama de lo primero sin ser casi nunca lo segundo). Qué vidorra. Se lo montaba de cojones. Esta última expresión de gozo también es alegremente sexista como todo el mundo sabe. Y, sobre todo, vivía al margen del hombre, monopolizador de la libertad, y eso sí que no podía ser.
Dicen, en confianza, las malas lenguas de los enteradillos bíblicos que la Lilith fue la primera mujer de Adán y, aún en voz más baja, la primera señora que hizo uso del divorcio, de la separación o del más natural, por entonces, “¡ahí te quedas, pichón!”. Pero que, como Adán no podía con ella de ninguna manera, o sea, de ninguna, pues que hubo de creársele otra de su propio cuerpo, como de encargo, por ver si así dominaba a su pareja y seguía siendo el rey de la creación. Vamos, que le hicieron otra casi a la medida, como un primer intento mixto de cirugía plástica y clonación, o sea, como el que le corta un traje pero de la propia carne.
Porque lo que es la Lilith, ¡cómo les salió!, ¡cómo les salió la Lilith! Menuda loba, solitaria o acompañada.
Hasta algunos, con muy mala leche, dicen que Lilith es el nombre de una diablesa, que ya es el colmo del descrédito, vamos como si la hubiesen publicado en sálveme Dios decir las radios, las teles o en los mismísimos sermones de algunos obispos positivamente negativistas de cualquier evolución. Las gentes de orden, que por lo visto son tan antiguas como el mundo, si no más, pues hay quienes dicen que incluso lo fundaron, no la podían ver ni en pintura, ni en el resto de las artes plásticas.
A las Evas más conocidas de la Historia, para acreditarlas, pues cogieron y les llamaron mujeres fuertes de la Biblia pero no por su independencia, que de eso nada, sino porque, además de cumplir con su papel tradicional, todas tuvieron tiempo para hacer alguna barbaridad. Eso sí, heroica.
Así que casi todo el género humano somos descendientes de las Evas, que eran las más predispuesta a criar. Algunos hay que lo son de las Liliths pero, de estos, casi ninguno conoció a su madre, como no le diera por buscarla cuando se hizo grande. Y si la encontró fue a fuerza de fuerza, que las Liliths siempre han sido de estarse poco quietas. Y no lo digo sólo por el triquitraque promiscuo y divertido que tanto les gustaba, sino porque eran de naturaleza errante. Esa misma promiscuidad de las Liliths se veía en los hombres como cosa propia de su naturaleza. En la Biblia no se cortan, todos tenían esclavas, concubinas y una mata de esposas por si se aburrían, pero consideraban vicio nefando esta actitud cuando se trataba de sus santas costillas. A las Evas las querían para casa, las Liliths eran otra cosa.
¿Qué? ¿No te crees esto? Pues peor para ti. A ver, ¿qué quieres? ¿Ejemplos?, ¿pero ejemplos concretos y prácticos? Pues me sobran. Ahí va uno:
Entre otras, por ejemplo, las tías que anuncian las colonias y los perfumes son Liliths. Por eso hay tan pocas y casi todas hablan otras lenguas o la nuestra con un acento super extranjero.
Si las mujeres que vendieran aromas fueran Evas, veríamos orondas o, al menos, redondeadas madres rodeadas de niños, amamantando rorros, acompañadas de hombres de mirada ausente con sobrepeso o, al menos, con barriguita cervecera. Ellas haciendo papillas en la cocina y ellos arreñalados en sofás frente a la tele, con un bote de cerveza en la mano y tres o cuatro vacíos sobre la mesita que, a modo de altar de las ofrendas intelectuales del hogar, hay delante de la aplanadora pantalla plana. Naturalmente, viendo el fútbol con camisetas roturadas con los nombres de sus eminencias los talentos del balompié mundial.
Sí, Eva, bonita, échate, échate ese seductor aroma de Parbouche de Fior y habla con acento extranjero y con voz ronca que, con el olor de las vomitonas, las cacas de los niños y las efusiones gaseosas del marido (que la cerveza abre víscera), ibas a vender tú cabecitas de hostias aromatizadas. Menuda exótica evocación la del pestín hogareño. Ninguna mujer, de las de los perfumes, es una Eva. Eso que te quede claro. Vamos que ningún hombre identifica a “su mujer” como a una anunciadora de perfumes. Ni por pienso. Sólo faltaba eso.
Desengáñate son las Liliths las que venden la colonia. Las han rehabilitado los publicistas, que son unos linces en Historia Sagrada, para la modernidad.
Una Lilith puede ser una mujer aparentemente comedida, metódica, minuciosa, siempre serena, sobria, educada pero distante, una mujer que sabe estar y en ningún momento olvida quien es. Vamos, casi una dama victoriana por encima del vulgo vulgar. Una Lilith emana distancia y misterio. Es algo tan exótico, inalcanzable y fascinante como la verdad en boca de un político. ¿Estamos?
Bien.
Sin embargo, en un momentín dado, le sale la fiera esencia que lleva dentro. Desvela una libertad que pone al homo contra las cuerdas. Claro que no soy “tu mujer”, imbécil, ni la de nadie, yo soy la homa, el femenino del homo pero no su propiedad. Y va la Lilith y se desliza displicentemente entre torsos desnudos de hombres atarzanados, les mira con aires de conocedora, les rechaza displicente o les sonríe prometedora y sibilina. A la altiva Lilith le encanta soñarse tiradaza entre cojines, bañada en aromas, ansiada por los Adanes que, como tales, beben los vientos de su estela, mientras ella enseña garramen entre las gasas sutiles de vestimentas volátiles y no disimula, en su lúbrico reboce por el santo suelo, los insinuantes encantos de todos los golfos del Sudán, el apretado canal del Tetuán y todas las protuberancias y depresiones venusianas.
A ninguna Eva se le permitiría tal desparrame. ¡Sacre Bleu! Como mucho, tacones, traje llamativo y pamela en las bodas y para de contar.
¿Te vale? Pues si no lo entiendes es que estás tonta. Con perdón, María Vanesa de las Mercedes.
-¡Jodá masho tú! Ahora me explico por qué pasa lo que pasa, si es que nos la urdieron desde el Génesis, anda que no ni na. Y las Liliths de publicistas, no, si ya decía yo que las modelos no eran de este mundo. Calla ya, Paco, no me cuentes más que me estás descomponiendo –dijo la Vane.
-¿Cómo que no te cuente más?
-Pero qué machista y qué cabrón. Y te lo digo desde la tolerancia y el respeto. Pero es que, quis, quis, quis, quis, te abofitiaba pero ya, en tiempo real–dijo la Vane.
-Calla, mujer, que ya sé yo que, por mantener la paz, tengo, a veces, incluso que ceder de mis derechos. Pero la verdad, lo que es la verdad, no tiene más que un camino.
-Que te calles ya, Paco, que te la estás buscando sin conocimiento.
-¿Callarme yo? Y si quiero canto otra.

FIN

16 abril 2017

2.- Más sobre Eva y Lilith


-Huy, huy, hoy, hoy, hoy, pero qué mal me huele todo eso. Pero, ¿qué me estás contando, pisha? –dijo la Vane, o sea, María Vanesa de las Mercedes.
-Ya te digo –dijo Paco, positivamente sobrio y lacónico.
-Tú lo que eres es un catacaldos, un enteradillo, un correveidile, un zascandil, un mindundi, un gaznápiro que va por ahí oliendo y cogiendo ideas de cualquier sitio para dártelas de listo. Apuesto a que te has inventado todo eso. Cuentista, amigo de lo inútil, abrazafarolas, jarrón boca abajo, tonto los co… ¡Tontilán!
-¡Qué poquito me conoces, Vane! Lo que te he contado es la más positivamente cierta de las verdades conocidas, te lo juro por mis niños. Y ya sabes que no me gusta exagerar. Y lo que acabas de decirme no te lo tendré en cuenta, porque dudo de que te conste con positiva certeza y porque sé que lo dices desde el cariño, la tolerancia y el respeto.
-O sea, que hasta en la Biblia se venden embrollos y posverdades. Que van los eruditos esos en el asunto, o sea, en el temita ese del Génesis y primero dicen que se creó al hombre y a la mujer, a la vez pero a cada uno por su lado, como si cada uno fuera un ser humano diferente y con su propia idiosincrasia. Esto lo tiene que saber mi Pepe, pero ya.
-Ya te digo.
-Pero luego los del Génesis, sin causa justificada, van y se arrepienten. Resulta que a la mujer, en adelante mencionada como Eva, la sacan de una costilla del hombre, al que ya, por las razones que fuera o por sus tendencias, le motejan de Adán (detalle a considerar) ya desde la noche de los tiempos. Vamos, que hasta en la Biblia se produce un parcheo paleorreligioso para enmendar la plana a la idea original. ¡Huy que manejantes los biblieros, pero qué malos y qué perros! ¡Anda que no ni na!
-Pues eso dice el Génesis. Te pongas como te pongas. Vamos, no lo dice así, lo dice en otros términos, pero lo dice. Ya te digo. Como me llamo Paco.
-¿Oye, y cómo se llamaba la primera mujer, tío listo, esa que era independiente del hombre? –dijo la Vane, irguiendo el busto y poniéndose en jarras.
-Dicen que se llamó Lilith, acabado en th fricativa dental sorda.
-¿Lo qué?
-Vamos, como una z final que no se oye más que casi una mijita. Y cuidado con no morderte la lengua en el intento.
-¡Ondiá! ¿Y el primer hombre, ese que crearon con Lilith, cómo se llamaba ese maromo? –preguntó la Vane, tras fricarse con los dientes un par de veces la dental sorda.
-Aliquindoi, Vane, a lo que sigue. No hay noticias seguras de su nombre. Está todo muy confuso. La historia, a veces, es un conundrum impenetrable y, a la vez, sin salida. Sin embargo, muchos sostienen que Lilith, cuando vio las pretensiones de aquel primer hombre, tomó las de Villadiego y le dejó plantado por déspota y por abusón. Fíjate que hasta en las relaciones sexuales se empeñaba en estar él siempre encima y que la Lilith dijo que ni hablar, que no estaba dispuesta desde el principio de los tiempos a llevar ella encimaza el peso de todo. Vamos, que se lo vio venir. Que la Lilith, dicen, era una mujer positivamente muy intuitiva.
-¡Papo, con el quenandrem ese! ¿Y qué hizo el primer hombre cuando la Lilith se largó?
-Pues, qué iba a hacer, como la Lilith no atendía a razones, se quejó a Dios amargamente. Le dijo que estaba solo y que se sentía muy desgraciado y que, además, no tenía suerte con las mujeres.
-¡Chivato, asqueroso, pelota, agonías, lameculos, bocachancla! ¿Y Dios qué le dijo?
-Como Dios le quería mucho, le dijo: ¡Ay, ay, ay, hijo mío! No te preocupes, Hombre, te haré otra que te obedezca un poco y que no te dé estos disgustos tan morrocotudos.
-¡Anda, muy bonito! ¿Y a la Lilith qué? ¿No le hizo otro hombre menos mandón? ¿Un yogurín amoroso, conciliador y aseado, o algo así?
-Pues no, porque la Lilith no se quejó. Que no era ella de las que iban por ahí lloriqueándole a nadie y menos al Supremo Hacedor, por muy Dios que fuera. Que era ella muy independiente, muy impulsiva, mu arrechante y mu suya.
-O sea, que el segundo hombre creado era en realidad el primero.
-Eso parece, aunque no se descarta ninguna hipótesis. Aquí hay que andarse con mucho tiento, ya sabes, por el asunto del conundrum. Pero la cosa es que Dios, que siempre ha sido muy bueno, viendo sufrir tanto al hombre, viéndole tan desamparado, tan solo, tan inútil y tan poquita cosa, decidió hacer una ñapa por amor a su criatura recién creada. ¿Con quién iba a procrear Adán si la Lilith se le había marchado hecha una fiera? Así que tuvo que hacer un pequeño embrollo para sacar adelante la Creación como Dios manda, o sea, como mandaba Él. Vamos, una chapuza que sólo se les escapa a los ojos miopes o distraídos, históricamente hablando. Como la Lilith no se prestó a ello, pues le hicieron al hombre una mujer de una de sus costillas para ver si con esa sí que se hacía.
-¿Y le salió a Dios bien la segunda?
-Ya lo creo, shosho. A los pocos meses Yavé Dios le preguntó a Adán: “Dime, Adán, Adancito, hijo mío, rey de la creación, así en confianza, entre nosotros: ¿Cómo te va con la nueva compañera que te saqué del costillar, machote?” Y Adán, destilando hemorragias de felicidad en la mirada, le contestó pletórico de gozo al Creador: “¡Oh, mi señor Yavé! Me  va muy bien, no puedo pedir más, soy el puto amo del Paraíso y, además, ¡oh, mi Creador!: ya la tengo preñadita del to. Eres el primero en saberlo, ¡oh, mi Dios mío! Ah, y además, otra cosita te digo, ¡oh, Creador mío de mis entretelas!: La Eva, mu relimpia y ni una voz. Señor: eres el más grande.”
Y el Creador se quedó tan contento y se sintió una mijita orgulloso de su obra y, viendo a Adán tan campante, dijo, con condescendencia, eso de: “¡Hala, hala, a procrear y a llenar la tierra, que das más guerra que un hijo negativamente listo!”

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08 abril 2017

1.- Eva y Lilith


En el primer capítulo del Génesis se dice: “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creo, macho y hembra los creó.”
He aquí una creación simultánea de la mujer y del hombre, ambos a imagen de Dios pero dos seres distintos de la creación. Algo así como los dos platillos diferenciados de una misma balanza en equilibrio, símbolos cada uno de la igualdad. Dos seres independientes y diferenciados, cada uno con su propio peso y personalidad. Y la creación del hombre y la mujer me pareció muy bien. No en vano la hizo el Supremo Hacedor, insistiendo dos veces en que los creó a su imagen. Vamos que la cosa le quedó niquelá.

Sin embargo, algo que ignoramos debió de ocurrir poco tiempo después pues, sin que se den explicaciones, en el segundo capítulo del mismo libro, Dios, por lo que quiera que fuera, se vio obligado a crearlos de nuevo. Pero, esta vez, lo hizo de otro modo.
Primero creó al hombre:
”Entonces Yavé Dios formó al hombre del polvo de la tierra, le insufló en sus narices un hálito de vida y así llegó a ser el hombre un ser viviente.”
A partir de esta nueva declaración divina  comenzaron mis dudas.
¿En qué quedamos? Si ya había creado al hombre y a la mujer, ¿por qué crea de nuevo al hombre? ¿Es que se le estropeó el primero? ¿Acaso se arrepintió de haberlo hecho a su imagen y, más realista, hizo después otro de polvo para que fuera un poco más frágil y menos orgulloso?
Seguramente nunca lo sabremos por esa costumbre que Dios tiene de ser tan hermético y de no dar explicaciones. Un comportamiento que no sé yo de qué me suena.

El caso es que luego le puso en el jardín del Edén junto con todos los otros maravillosos seres animales y vegetales. Pero hete aquí que Yavé Dios dijo: “No es bueno que el Hombre esté sólo, le haré una ayuda semejante a él.”
Es a partir de esta reflexión divina, cuando empiezan a asaltarme las sospechas. Primeramente porque es la primera vez que Dios se refiere al Hombre con mayúscula, detalle que, como a cualquier buen lector, no me pasa desapercibido; y, en segundo lugar, porque el Creador califica de “ayuda” lo que piensa hacerle para que no esté solo, o sea, para que lo acompañe.
Y de nuevo me asaltan, con éxito, las dudas. ¿Es que no había suficientes seres vivos en el Edén para que acompañasen al Hombre?

Y mis temores se confirman cuando poco después, y en el mismo capítulo se dice lo siguiente:
“Entonces Yavé Dios hizo caer sobre el Hombre un sueño letárgico, y mientras dormía tomó una de sus costillas, reponiendo carne en su lugar: seguidamente de la costilla tomada al hombre formó Yavé Dios a la mujer y se la presentó al Hombre, quien exclamó: Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne, ésta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada.”
Ya, decididamente, Dios menciona dos veces al Hombre con mayúscula y hace a la mujer de una de sus costillas, tras un sueño letárgico como el de una operación quirúrgica.
¿Qué fue de la primera hembra que Dios hizo, creada también a su semejanza?
Algo raro y desconocido tenía que haber pasado.
Y esta creación segunda de la mujer, por los términos empleados, o sea, hacérsela de una costilla y todo eso, me suena a dependencia de la mujer hacia el Hombre y más cuando el Hombre dice que será llamada “varona” porque del varón ha sido tomada. Que es casi como decir: Ésta es mía.
Todo esto, la verdad, empezó a sonarme raro, bueno más que raro, a sonarme mal, bueno, muy mal.
Y además, luego, cuando se la presenta al Hombre, aparecen en boca de éste estas palabras que le traicionan (el lenguaje, a veces, es muy traicionero y, sin pretenderlo, damos mediante su uso las claves de nuestro comportamiento): “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne, ésta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada.”
Cómo que ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne… ¿Cómo que ésta sí? ¿Es que había habido antes alguna otra que no cumplió con sus expectativas?
Parece que sí. Y tuvo que ser la primera, cuál si no.
Todo muy sospechoso. Vamos, yo creo, que un misterio y de los gordos.

A lo largo de la historia, y aún hoy, hay algunos varones malintencionados que, a la vista de todo lo anterior, sostienen, con un punto de superioridad, que la mujer fue el único ser vivo que necesitó ser creado dos veces hasta que, a la segunda, a Dios le salió bien. Olvidan, sin duda tendenciosamente, que el hombre (con mayúscula o sin ella) también fue creado dos veces, si hacemos caso a estos escritos.
¿Qué necesidad tenía Dios de crear al hombre y a la mujer dos veces? Sobre todo teniendo en cuenta que Dios siempre se ha caracterizado, como la industria alemana, por hacer las cosas bien a la primera.
Muchos consideran esto el primer descrédito para  la marca “Dios”.

Pero estos obstinados manipuladores sostienen que si bien al principio Dios creó al hombre y a la mujer simultáneamente y como dos seres independientes, vio después que la cosa no había resultado. Inmediatamente, se puso a enmendar su error creando de nuevo sólo al Hombre para después sacarle a la mujer de una de sus costillas. De este modo consideran a la mujer un ser, ya desde su origen, dependiente del hombre.
Lamentablemente, como Dios no les ha sacado de su error, ellos no lo tienen por tal y, por increíble que parezca, hasta hoy en día, sin ir más cerca, tienen a la mujer por su propiedad.
Estos individuos, sin ningún rubor, sostienen que la mujer es el único ser vivo que hubo de ser creado dos veces. Hasta a Dios, la primera que hizo, le salió mal, apostillan con mucho cachondeo. Y, como ni siquiera Dios puede cambiar lo que ya ha sucedido, pues cogió y no tuvo más remedio que hacer otra nueva. No hubo otra solución.

Todo esto le dijo Paco a su amiga María Vanesa de las Mercedes. Así le habló en tiempo real, o sea, ahora, en nuestros días. Vamos que se lo soltó a la cara hace un momento.

25 marzo 2017

24.- El Aprendiz: De vuelta


A medida que el autobús se alejaba de Alfambra, Lázaro quiso rememorar su estancia en la ciudad, pero no pudo. El ambiente tibio del viejo autocar, su suave traqueteo, el trajín inusual de las últimas horas, el cuerpo tullido por los golpes y el frío de la noche pasada al relente, le pusieron a dormir casi en el acto. El agotamiento le venció al sentarse, cerró los ojos y su cabeza se venció, buscando apoyo, contra la ventanilla.

Habían pasado casi cuatro horas cuando se sintió ir hacia adelante por la inercia de un frenazo y dio con la cabeza en el respaldo del asiento que tenía delante. Se despertó aturdido, sin saber dónde estaba.
-¡Marachote, veinte minutos de parada! – voceó rutinariamente el conductor, abriendo la puerta y bajando del autobús.
La mayoría de los ocupantes, con las piernas agarrotadas por el tiempo de quietud, se apearon estirándose y entraron cansinamente en la cantina.
En una esquina había una mesa, cuidadosamente preparada, con su mantel, servilletas, cubiertos, vasos y platos. Enseguida la ocuparon el conductor y su ayudante. Una chica joven con un delantal blanco, que se movía airosamente, les puso delante de inmediato sendos platos humeantes con un par de huevos fritos, un chorizo y un lomo. Antes de que pudieran pedirlo, trajo también una panera repleta de trozos de pan blanco y una botella de vino tinto a granel, espeso, casi negro, tapada con un corcho.

Lázaro, al ver los apetitosos platos, sintió, más cruel que nunca, el retortijón del hambre. Hacía más de veinticuatro horas que no probaba bocado. Tenía necesidad y le dolía la cabeza. Maquinalmente registró sus bolsillos, pero al instante recordó que no tenía dinero. Se dio cuenta de que ni al hambre ni a la falta de dinero estaba acostumbrado. Sin embargo, había entrado en aquella cantina por inercia. No había sido buena idea, no debía haberse movido del autobús. Ahora estaba allí, como un pánfilo, sin poder apartar los ojos de la comida, con las tripas sonándole y la boca aguada.
-¿Qué va a ser? –le dijo un mozo con una chaquetilla blanca que atendía la barra.
-Nada, gracias. No me encuentro muy bien –dijo Lázaro, improvisando una disculpa.
El mozo le miró de mala gana y continuó atendiendo a los que se acercaban a la barra. Lázaro se apoyó en ella de espaldas y vio como la gente se había sentado a las mesas y, mientras unos pedían de beber, otros sacaban tarteras con filetes empanados, tortilla de patatas, embutidos, pedazos de jamón curado, pimientos fritos, empanadillas, torreznos… Y un olor variopinto a comida apetitosa y casera le llegó de todos lados. Y reparó en lo crueles que los olores podían ser algunas veces.

Un matrimonio mayor estaba sentado en la mesa más cercana a Lázaro. El hombre, con traje de pana, boina y camisa blanca sin corbata, le observaba. La mujer sacó una hogaza de pan y un gran taco de jamón de un capacho.
El hombre, frente a él, se apoyó la hogaza de pan en el pecho, poniéndola de canto, y le sacó una cuña hermosa con la navaja. Al terminar de hacerlo sus ojos se cruzaron con los de Lázaro. El hombre, con la cara curtida y arrugada por el sol y los años, le pasó el trozo de pan a la mujer. Partió un segundo pedazo sin dejar de mirar al muchacho y lo dejó sobre la mesa. Luego le dijo a la mujer que le pasara el trozo de jamón y, mientras, cortó una tercera rebanada de pan. Lázaro desvió la mirada al suelo. El hombre sacó unas buenas suelas del trozo de jamón y tomando una gran loncha la puso sobre una de las cuñas de pan. Se levantó y se la ofreció al muchacho.
-Prueba, chaval, que es de mi pueblo. Seguro que en la capital no coméis cosas de éstas, ¡de qué parte!
-Muchas gracias –y lo cogió Lázaro con la cabeza gacha, con una vergüenza que le impidió añadir nada más, mientras sentía como la saliva se le agolpaba en la boca.
El hombre volvió a su sitio, movió de lado la cabeza y sonrió, guardándose el pensamiento en sus adentros. No dijo nada y dejó que Lázaro comiera sin molestarle. La mujer le miraba extrañada y por lo bajo dijo:
-¿De qué le conoces?
-Para algunas cosas no hace falta conocer a la gente –dijo secamente el hombre, mientras, con la navaja cabritera, hacía pequeños trozos de su loncha de jamón sobre el pan.
Y la mujer, acostumbrada a no insistir y menos a destiempo, no dijo nada.

Cuando el chofer y su ayudante terminaron de almorzar se acercaron a la barra a tomar café. Era la señal para que todos pagasen lo consumido y regresaran al autobús.
El hombre que le había convidado hizo una seña a la mujer y ésta recogió todo y lo devolvió ordenadamente al capacho grande de hule oscuro.
-¡Qué vaya bien!
-Muchas gracias –dijo Lázaro, casi más con la sonrisa y el brillo de los ojos que con la tímida palabra y siguió a la pareja hacia el coche.

Sus benefactores se bajaron en el cruce de Angorita, un pueblo pequeño a menos de una hora de Marachote. El viejo y el chico se despidieron con una última mirada. Y entonces a Lázaro le vino a la cabeza la imagen del padre del muchacho que expulsó de la residencia. Con algo quebrado por dentro, le dijo adiós con la mano desde la ventanilla.

El resto del viaje lo pasó recordando su viaje de ida. No hacía tanto tiempo, apenas diez meses. Recordó vagamente su ilusión ante lo desconocido, su agobio por las dudas, la confianza en sus fuerzas, el ansia por estrenar su libertad. Se dio cuenta de que ya no era aquel iluso incauto. Jamás pensó probar tanto fracaso, pero tampoco soñó con haber vivido tantas cosas. La experiencia se atesora pero, como Camelia dijo, no se puede trasmitir. ¿En cuánto tiempo aprenderían otros lo que él aprendió en esos pocos meses? ¿Quién dice que la vida ha de ser justa?
Y le pareció vislumbrar por un momento la idílica imagen de la libertad. Una imagen que él, quizá como muchos, imaginó un día sin trabas, como la de un pájaro que cada día volara a su antojo. Pero ahora sabía que la libertad no era eso, que la libertad también tiene estructura, una estructura oculta que para los más simples pasa desapercibida. Si la libertad nos permite elegir, para hacerlo, hemos también de renunciar a lo que no elegimos. Era un pensamiento falso, vacío y peligroso, el confundir la libertad con el capricho o con la conveniencia. Si elegir obliga a renunciar, la libertad nos obliga a aceptar nuestro propio compromiso, nuestro destino. Algo así como a elegir nuestra propia jaula.

Dos horas después el coche de línea paró donde siempre, frente al palacio. Habían llegado. Lázaro, con la mente aún habituada a Alfambra, abandonó el coche como el que rompiera el cordón umbilical que definitivamente le apartara de aquélla.
Con la maleta y la bolsa subió andando por la Calle Mayor.
En todos lados el río, el puente, el palacio, la Calle Mayor… La existencia revestida de monotonía. Estaba de nuevo en su ciudad y la vida, tras aquellos efímeros destellos de Alfambra, le pareció de nuevo la misma película en blanco y negro de siempre. Sabía más, sí. Pero el sentido de la libertad que ahora tenía no volvió nunca a ser la idílica figuración de antes. 
¡Anda que no ni na!

FIN

23 marzo 2017

23.- El Aprendiz.- La despedida


En casa de Camelia, Lázaro se duchó. Ella, como mejor supo, le curó las heridas que tenía en cuerpo y cara. Destacaban algunos hematomas grandes en el cuerpo pero, seguramente siguiendo las instrucciones del encargado, los macarras casi no le habían pegado en la cara, de modo que estaba reconocible y sólo se dolía de algún chichón en la parte posterior de la cabeza, producto de haber rodado por el apestoso suelo de aquellos servicios.

Camelia le ayudó a limpiar sus ropas y, entre los dos, las dejaron pasables. Luego, desayunaron juntos. Ella había traído de la vieja tahona del pueblo, que abría temprano, una hogaza grande, tostada y crujiente. Comieron huevos fritos con torreznos de esponjosa y crepitante corteza. La mezcla del pringue sabroso y caliente con el pan crujiente estaba tan apetitosa que actuó como un rápido reconstituyente para Lázaro. El café de una segunda cafetera puso un buen final a aquel inesperado y rotundo almuerzo.
-Perdona –dijo Lázaro –por esas confidencias que pensaba guardarme.
-No tiene importancia –dijo Camelia – Ya has visto el honor que Mansoz ha hecho a su palabra.
-Son cosas que te pueden comprometer.
-Calla, Lázaro, si tú supieras las cosas que me cuentan.
-¿Qué quieres decir? ¿Es que no te parece raro lo mío?
-Mira, Lázaro, las prostitutas somos como los vertederos de los sentimientos molestos, de los remordimientos y hasta de algunas acciones inconfesables. Todo lo que los hombres no se atreven a contar, o lo que les avergüenza, o lo que les tortura, o lo que les preocupa, viene a parar a nosotras. Al menos, algunas veces. Si supieras cuanto yo sé, dudarías, como me pasa a mí, de todo. Pero, como la experiencia no se trasmite, de nada sirve que te diga. Contarte historias sería tontería. Ya irás aprendiendo, so pena de que en alguna de éstas te dejes el pellejo. Dios no lo quiera. Aléjate de gentes como a las que has servido.
-Yo no he servido a nadie –protestó Lázaro con vehemencia- Les he dado unas informaciones sin importancia. Diría que me he servido yo de ellos.
-Entre que seas un estúpido o, por joven, un inconsciente,  prefiero quedarme con lo segundo. Lázaro, tú les has estado sirviendo. Eso no tiene vuelta de hoja. Y más vale que lo tengas claro y no vuelvas a caer en situaciones como éstas. No sé si de ésta saldrás bien, pero yo no probaría más veces. Date por librado si todo ha terminado con la paliza. ¿Informaciones sin importancia, dices? ¿En qué mundo vives? ¿Y el muerto?
Lázaro no se atrevió a replicar. Camelia veía las cosas con una claridad de la que él carecía. A su lado se sintió repentinamente un crío, un iluso, un bobo en manos de aquella gente y, lo peor, es que se había creído capaz de manejar la situación. Un sentido abrumador de ridículo se apoderó de él. Y no dijo más porque la vergüenza le dejó sin argumentos, sin ánimo y sin voz.

Camelia, a media mañana, y una vez que Lázaro estuvo presentable y hubo descansado, le llevó de nuevo a Alfambra. Viajaron en silencio. Cuando ella aparcó su utilitario frente a la entrada de la residencia, le dijo:
-Bueno, Lázaro, hasta aquí hemos llegado. Tengo que volverme y dormir lo que pueda hasta que abran el local. Que te vaya bien. Supongo que no te volveré a ver.
-Nunca se sabe, pero creo que no.
-Pues, adiós entonces.
-¿Puedo besarte? –dijo Lázaro con premura y timidez.
Sorprendida, Camelia miró al muchacho y, con una sonrisa, dijo:
-Pues claro, hombre, es lo menos.
Lázaro, por los nervios, la besó torpemente en los labios y apresuradamente bajó del coche y, desde la puerta del recinto de la residencia, le dijo adiós con la mano y ella pudo leer en su boca, y sobre una sonrisa, la palabra gracias. Camelia arrancó el coche y volvió despacio a su casa del pueblo. Durante el trayecto tomó un pañuelo de papel de la caja que llevaba en el salpicadero y se sonó la nariz.

Al entrar Lázaro en el recibidor de la residencia, enseguida percibió algo extraño en la mirada intranquila y nerviosa del conserje. A todas luces parecía que el viejo le estuviera esperando.
Santiago era un hombre mayor con un pie ya puesto en el retiro que, tan pronto como le vio, frunció el ceño y se acercó a él con su rostro bondadoso, de hombre sosegado, cruzado por una señal de preocupación nadando entre las arrugas de su cara.
-El señor director me ha encargado que le diga que ha de recoger sus cosas y marcharse –le espetó de sopetón, como el que cumplía con una penosa obligación y, sabiendo que no puede eludirla, la suelta sin preámbulos.
-¿Pero, cómo es eso, Santiago? -se alarmó Lázaro.
-No lo sé.
-Pero, algo podrá decirme. No entiendo nada.
El conserje bajó el tono de voz y en tono confidencial dijo:
-Anoche vino a verle el comisario con otro, un periodista, creo.
-¿Y qué tengo yo que ver con eso? –quiso disimular Lázaro.
-No lo sé, pero esta mañana ha hablado con el comisario desde el vestíbulo. Le he oído mencionar que usted ha abandonado el servicio, que esta noche no ha dormido en la residencia y que, además, esta mañana no había venido a trabajar.
-Pero he tenido mis razones. Me gustaría hablar con él.
-No va a ser posible. Tras la llamada, tomó esa decisión. Luego me dijo que iba a reunirse con el resto del equipo directivo fuera del centro y que estaría ocupado toda la mañana. Que le dijera lo que acaba de oír y que su decisión era irrevocable y de efecto inmediato.
-Pero, Santiago, no puedo marcharme así. Hasta mañana no sale el coche en el que puedo irme y, además, no tengo un céntimo –dijo Lázaro repentinamente inerme.
-Pues ha de irse, Lázaro, el director no le da alternativa. Hágame el favor de recoger sus cosas y, en cuanto acabe, debe entregarme sus llaves y abandonar la residencia.

Lázaro, abrumado, se dejó caer en una de las sillas del recibidor. Se inclinó y, con los codos sobre las rodillas, apoyó la cabeza entre las palmas de las manos. Estaba abatido, se sentía abandonado en una repentina impotencia. Las consecuencias de haberse enfrentado al director y de eludir las pretensiones de Mansoz afloraban inesperadamente. Su conducta altruista con los alumnos y honrada con el comisario no produjeron sino efectos imprevistos: un palizón y quedarse en la calle sin un duro. ¿Cómo era posible?
Más o menos fue esa la conclusión con la que, el confuso muchacho, justificó aquel repentino despido.

Olvida los principios, doblégate y ve a lo tuyo. Ese dogma, que tantos practican en la vida, lo vislumbró Lázaro por primera vez. El decoro, en unas horas, le había conducido al vacío desde aquella posición suntuosa donde la picardía le tenía instalado.
Aquellos momentos fueron el epitafio a su idealismo juvenil, a su caballerosa honradez recuperada. Y, para colmo, Mansoz y el director confabulados.
Como el conserje dijo, era tontería el insistir. Le convenía irse y cuanto antes. Ya sabía lo que podía esperar de aquella gente.

Recogió sus pertenencias y volvió a meterlas en la vieja maleta de cartón piedra. Tenía alguna ropa nueva y algo de calzado que compró en los días de abundancia. Se arregló con la maleta y una bolsa grande.
No pudo despedirse de nadie pues, a aquellas horas, todo el mundo andaba en sus quehaceres. Dadas las circunstancias, lo agradeció.
Fue a entregar sus llaves a Santiago antes de marchar.
-No debió usted enfrentarse al director cuando el asunto de la Fiesta de la Juventud, usted no sabe cómo las gasta esta gente –dijo Santiago, afable, pero en voz tan queda que casi no era audible.
-Ya no tiene remedio. Muchas gracias por todo y que le vaya bien. Creo que el año que viene se jubila usted, Santiago –dijo Lázaro para cambiar de tema y fingir que ya se había sobrepuesto a su desgracia.
-Pues, sí.
-Que sea enhorabuena y que lo disfrute –dijo Lázaro al tiempo que le tendía la mano al viejo.
Santiago se echó mano a un bolsillo y, mirando precavidamente a los lados, le entregó un sobre marrón de los de la correspondencia oficial.
-Tome. He llamado a la estación y me he enterado de lo que vale el autobús. Más no puedo darle, pero para el billete siquiera…
Lázaro estuvo a punto de abrazar al viejo pero, mirándole a los ojos, le dio las gracias con un largo apretón de manos y, con un nudo en la garganta, se despidió.
-Adiós, señor Santiago. Muchas gracias.
-Adiós, muchacho.

Con la maleta y la bolsa estuvo deambulando por la ciudad. Procuró no dejarse ver por los lugares donde pudieran conocerle, le daba vergüenza su estado de necesidad recién estrenado y también el tener que dar explicaciones de su marcha.
Menos mal que había desayunado hasta hartarse en casa de Camelia.
Lo que le dio Santiago alcanzaba para el autobús, pero no podía gastarlo. El coche de línea salía a las ocho del día siguiente. Con la maleta y la bolsa erró por lugares poco concurridos, sin saber dónde meterse, pues no tenía ni para un café.

Le sorprendió el ocaso junto a la casa del abuelo marino de su amigo Miguel. Había un diminuto parque con tres bancos y media docena de árboles delante de ella. Con las últimas luces del día contempló la ciudad a la derecha y la vega del río en la hondonada. Y recordó un instante la chispa verde del traje de Valeria desde el puente de la enorme casa-navío. Y todo le pareció una ilusión, algo que no le había sucedido a él.

Le pareció que podría pasar la noche allí, durmiendo sobre uno de los bancos. El parquecillo era un sitio discreto y no era lugar de paso.
Pensando en cómo había cambiado su fortuna y en cómo, finalmente, sólo una prostituta y un viejo se habían apiadado de él, se quedó dormido sin rencor.

Serían las dos de la mañana cuando un intenso frío, que le estaba haciendo tiritar, le despertó. Con eso no había contado. Se puso alguna ropa encima pero, a pesar de ello, le taladraba el frío. Se levantó y comenzó a caminar en círculo para entrar en calor, abriendo y cerrando los brazos vigorosamente.
Fue entonces cuando vio el periódico metido en una de las papeleras. Enseguida lo desplegó y se metió varias hojas bajo la ropa pegando con el pecho y con la espalda. Enseguida sintió como retenía bajo el papel el agradable calorcillo de su cuerpo y eso le ayudó a pasar la parte mas fría de la noche.

“El director de la residencia de estudiantes expulsa a un educador por sus actividades licenciosas”, pudo leer, con la luz del día, en el titular del periódico local que le acababa de quitar el frío. Miró la cabecera, había salido la mañana anterior y, por ella, comprendió que todo había sido premeditadamente preparado. Su expulsión de la ciudad se convertía así en un triunfo de la decencia y el orden, ni siquiera le habían dejado el regalo del anonimato.
El artículo se explayaba describiendo cómo el citado educador llevaba una vida propia de un indeseable, frecuentando los ambientes menos recomendables de la ciudad y cómo el director, comprometido con la salud moral y ética de los alumnos, se había visto en la desagradable obligación de echar de la residencia de estudiantes a un sujeto disoluto cuya conducta atentaba contra la buena fama de la institución.

Fue el último golpe. En cuanto terminó de clarear recogió la maleta y la bolsa y comenzó a caminar cabizbajo, con el frío relente de la mañana, hacia la parada de autobuses. Sin reloj, no sabía la hora exacta. Más le valía apresurarse.
Cruzó por última vez el viaducto y los recuerdos, de la muerte de Hilario, de su amor por Valeria, de los paseos, de la pasión, del desengaño… vinieron en tropel a pasearse por su cerebro entumecido y somnoliento. Pero, aunque dolorosas, eran ya todas sensaciones amortiguadas que se desvanecían en su mente como los jirones de neblina bajo el ojo del puente.

Llegó a la plaza, cruzó la explanada hacia la izquierda y bajó las escaleras amplias y pronunciadas que llevaban a la parada de autobuses.
Los tres o cuatro bares de la zona estaban concurridos. La clientela, que como él venía a coger su autobús, tomaba cafés o copas de aguardiente o de coñá o encargaban bocadillos o desayunaban, a la espera de que saliese su coche de línea.
Lázaro sacó el billete en la pequeña ventanilla. No se había engañado el conserje, le dio el importe exacto.
Se acercó al pasamanos desde el que se dominaba la escalinata que bajaba a la estación del tren, al río y al instituto donde su rival Hilario trabajó. Se quedó allí, al calorcillo del sol que empezaba a acariciar tibiamente la cresta del muro, y su vista se perdió distraídamente por las frondosas choperas de los paseos felices con Valeria.

La bocina del autobús le sacó de su ensimismamiento. Subió diligente, mostró su billete, acopló maleta y bolsa en unas redes que servían de portaequipajes y el coche salió sin más. Dejaron atrás ciudad y río, y Lázaro se sintió arrastrado de nuevo por la corriente imprevisible de su vida.


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