21 diciembre 2007

Un respeto


El Nemesio y su chico el Cirilito salieron de su pueblo un siete de diciembre a la feria de Berlanga. Iban padre e hijo tan contentos con la intención de vender la mula vieja que llevaban y volver con una joven.
Al llegar a la Fuente del Caballero estaba anocheciendo. Cuatro sombras bien embozadas les salieron al paso y sin mediar más palabras les dijeron que les dieran el dinero que llevaban. El padre dijo que no llevaban dinero, que sólo iban a vender la mula y el Cirilito que, ni era muy espabilado ni tenía cara de serlo, guardó silencio asustado. Los salteadores registraron los bolsillos del padre y como no apareció ningún dinero le dieron una mano de hostias a ver si así lo ablandaban y se le soltaba la lengua. El Nemesio, que no clavaba clavos con la cabeza porque no quería, siguió en sus trece que no llevaban dinero y que no. Registraron al hijo y tampoco hallaron nada. La emprendieron a puntapiés y puñetazos con el Nemesio y él que no y que no. Le hicieron desaparejar la mula, le rajaron la jalma por si lo había escondido en ella y le volcaron las alforjas. Nada, que no aparecía dinero alguno. Siguieron pegando al padre porque al hijo, tras darle un bofetón, ya vieron que no valía la pena insistir, que era un simple. Cansados ya de darle al Nemesio, les hicieron desnudarse por ver si llevaban algún bolsillo o alguna bolsa oculta y tras volver a no encontrar nada empujaron con rabia al Nemesio, desnudo como estaba, al charcón cenagoso de la fuente y se largaron desapareciendo en la noche.
El Nemesio, encenagado como un jabalí, mandó al Cirilito vestirse y buscar algo de leña e hicieron lumbre para que el padre se secara y se quitara el cieno del cuerpo. Seco y medio limpio, el Nemesio se vistió y con todo el cuerpo hecho una jarapa de moratones, con una herida en la mejilla y un ojo hinchado siguieron el camino hasta Berlanga. Al cabo de un rato de camino el Cirilito rompió el silencio.
- Padre, ¿dónde lleva usté el dinero?
- En el único sitio que no han mirado. Debajo de la boina.
Llegaron a Berlanga ya tarde y en cuanto encontraron posada se acostaron.
Al día siguiente todo el mundo le preguntaba al Nemesio qué era lo que le había pasado y cómo se las había arreglado para salir de tan mal trance. El Nemesio que al día siguiente estaba aún más hinchado por los golpes, que cojeaba y que apenas si podía abrir el ojo, lo contaba con paciencia como el que cuenta una desgracia, pero el chico, el Cirilito, sacaba pecho y muy orgulloso de su padre decía muy ufano:
- Es que no sabéis cómo es mi padre, ¡un respeto! -y dando un bufido de afirmación, remachaba- ¡Cojonudo es mi padre pa que le toquen la boina!

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Pura historia de España, oye.

Piel de letras dijo...

No se... me entra la angustia con eso de los asaltantes. De pronto me recordé de la película esa del Laberinto del Fauno (que así se llamó en México). Y la escena del padre y el hijo que son atrapados por los malos.
Que bueno que tus personajes salieron vivos, y mas o menos bien librados.
SALUDOS y abrazos.

Lima dijo...

Menudo era este Nemesio. Con lo que cuesta ganarlo y que vengan dos ladronzuelos a vivir de tu esfuerzo. Yo no habría resistido y me habría quitao la boina (por cierto especie en extinción). Un cursi diría chapeau

Soros dijo...

Gracias por vuestros comentarios. He tenido la ocasión de conocer y convivir con algunos "boinas negras" y me di cuenta que tenían mucho que enseñar a quien quisiera oirles, claro.

Anónimo dijo...

acabo de llegar caído del cielo (del de berlanga, para más señas) y no sé muy bien cómo encuadrar la historia, si es real o imaginada, en todo caso, me quito el sombrero por los 'boinas negras' y por el narrador de la historia.
saludos desde tiermes.blogia.com

Lima dijo...

Creo que este artículo es de matrícula de honor, asi que lo voy a poner en EL OJO, espero que no te moleste. Un abrazo